viernes, 15 de enero de 2010

Venid a las cloacas



Petunio no estaba atravesando el mejor momento de su vida. Aquella noche de sábado decidió salir solo, necesitaba emborracharse. Buscaba de esta forma olvidar todas sus penas, todos sus problemas. Deambulaba perdido, sin más guías que los letreros luminosos de los pubs en una noche sin estrellas. El despuntar del día lo sorprendió tirado en un portal, con una botella vacía de Ron sobre su cuerpo. Consiguió ponerse de pie. Dando tumbos sobre unas calles desiertas, trató de encontrar su coche. La búsqueda resultó infructuosa y no le quedó más remedio que regresar a su casa andando. Camino de ella, se entretuvo jugando al fútbol de igual a igual con las bolsas de la basura, persiguiendo a un par de monjas con la polla en la mano, y orinando restos de vida nocturna en el portal de una funeraria. Se encontraba fuera de sí.

Al llegar a su barrio, comprobó que la mayoría de los bares estaban ya abiertos. Se metió en uno de ellos, el más cutre. A pesar de la hora temprana, el bar estaba lleno, lleno de hombres cincuentones a los que la soledad de sus casas prendía fuego en sus camas y los arrastraba hacia el bar en busca del líquido que apagase el incendio. Demasiada hombría como para ir de putas. Domingo tras domingo, el líquido era inflamable y el bar, una gasolinera. En una esquina, cuatro expertos en guerras perdidas discutían sobre fútbol, intentó sin suerte meterse en la conversación, le miraron mal, les mostró su dedo índice. Frotó una lámpara que había sobre una mesa pero el único genio que asomó fue el del camarero molesto por la actitud de su nuevo cliente. Se acercó a la barra y pidió un vino. Vomitó toda su noche con el primer trago. Poco después, entre arcadas, comenzó a contar su vida a un resignado camarero. En la otra esquina de la barra, un hombre de sombrero y elegante chaqué, silbaba la melodía de Heartbreak Hotel.



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