Aprovechando que estas últimas tardes no he salido por culpa del catarro, he visto algunas de las películas que tengo por casa: "Esplendor en la hierba" (reconozco sin ninguna vergüenza que ese tipo de cine me encanta) que ya había visto hace años, y que al final me produjo las mismas sensaciones que la primera vez y que básicamente se resumen en: ¡esta película no puede acabar así de mal! ¡algún dírector tendría que atreverse a rodar una segunda parte!. "De aquí a la eternidad" (otra que tal baila) y "La Cruz de Hierro", que la había comprado hace un mes pero que aún no había revisado.
Peckinpah es otro de mis directores favoritos, aunque a diferencia de lo que me ocurre con Kubrick, no he visto todas sus películas. "Grupo Salvaje" es de mi top 10 de todos los tiempos por todas las ideas que expone, más allá de considerarla tan sólo como un western (uno de mis géneros favoritos, por cierto) o de sus dosis de violencia. Esa lealtad que se forma entre un grupo de perdedores y que mantendrán hasta el final; un final al que están avocados y del que saben que no podrán escapar. "Abandonar a un compañero nos sitúa al nivel de los animales". Un día le dedicaré una entrada a esta gran película, pero no podré hacerlo mejor, ni siquiera la cuarta parte de bien, que el responsable de este interesante blog y que acierta de lleno con lo que pretende mostrar Peckinpah en "Grupo Salvaje".
"La Cruz de Hierro" la había visto en televisión cuando era un adolescente, pero en esa época, lo único que me había llamado la atención eran sus escenas de guerra y su carácter anti bélico (ambivalencias). Además de ese carácter anti bélico, el otro día descubrí que es todo un alegato contra los trepas. Es más, yo creo que es la idea central alrededor de la que gira toda la película. Hay un personaje en la película, el capitán Stranszky que es la antítesis del sargento Steiner que interpreta James Coburn. El primero es un militar prusiano movido tan sólo por el egoísmo, al que la vida de sus compañeros no le importa nada (incluso es culpable de la muerte de muchos de ellos) y que su único objetivo en el frente de batalla es el de que le concedan La Cruz de Hierro, aún a costa de saberse un completo inútil y un cobarde que no duda en pisar a los demás (vamos, el trepas de toda la vida). La Cruz de Hierro es una condecoración que Alemanía ofrecía a sus soldados por actos de valentía. En el extremo opuesto se encuentra el sargento Steiner, todo un anti heroe, un sargento valeroso interesado en la supervivencia de sus soldados, por los que llega incluso a arriesgar su vida en varias ocasiones.
¿quién no ha conocido a un Capitán Stranszky alguna vez? gente egoísta dispuesta a todo con tal de destacar. Afortunadamente, nunca tuve compañeros de trabajo de esa calaña (tendría que remontarme a mis tiempos del Instituto para encontrar algún caso de deslealtad entre iguales), pero sí que he tenido que aguantar a un Jefe intermedio con ansias de "medrar" y de conseguir una mayor categoría en la jerarquía laboral de mi "empresa", no le importaba explotar a sus subordinados para conseguir sus fines, ya que él, un completo inútil para el trabajo, hacía lo que podía y que básicamente consistía en descargar su trabajo entre sus "inferiores" jerárquicos. Ayer, viendo la gloriosa escena final de "La Cruz de Hierro", en la que el Capitán Stranszky, llegado el momento de demostrar su valor sobre el terreno y rodeado de soldados del ejército enémigo, mostraba su ineptitud y desesperación por no saber como cargar su arma, (No sé como se carga, no sé como se carga!) ante las carcajadas del Sargento Steiner, me he acordado de aquel jefe y de una mala mañana de trabajo, en la que discutí varias veces con él, en la que tuve que reprimir las ganas de darle unas hostias, pero en la que acabé riéndome a carcajadas de él (a escondidas, claro, para evitar males mayores, jajja).
Recuerdo que era una de tantas mañanas en las que el jefecillo en cuestión me estaba dando una caña brutal. Cuando faltaba tan sólo media hora para salir de la oficina, apareció con un montón de documentos bajo el brazo y me dijo, de malas maneras, que tenía que trabajar sobre ellos y darles salida en esa media hora (trabajo que por cierto, le correspondería a él y no a mí). Le comenté que no entendía el porqué de tanta prisa, si el cartero, como de costumbre, ya había pasado y recogido toda la documentación una hora antes. Me dijo literalmente que eso era lo que menos le importaba, que sólo quería ponérselo encima de la mesa a la directora general para que se fijase en lo mucho que trabajaba (que trabajaba él, claro, yo que era el que le hacía el trabajo, pues que me jodan). Lo cierto es que resignado, me puse a trabajar entre tanto papel, con el jefe a mis espaldas metiéndome prisas. Cómo no aguantaba más la situación, y como además era prácticamente imposible acabar todo ese trabajo en tan poco tiempo, para no explotar le dije que tenía que ir al baño, que no aguantaba más las ganas de hacer mis necesidades. Desde el pasillo pude ver como mi jefe se sentaba en mi puesto y continuaba desesperado con aquel trabajo, hasta que de pronto, demostró sobre el terreno su condición de completo inútil y se puso a gritar: ¡no sé como cambiar el tóner de la impresora, no sé como cambiar el tóner de la impresora!). Cuánta satisfacción sentí en ese momento al verlo así de desesperado y con las manos y la camisa manchados de tinta jajaja. Mi jefe en evidencia delante de toda la oficina. Pequeñas justicias "divinas" que ocurren a veces y qeu a los curritos de a pie nos hacen sentir tan bien.
Qué grande es el cine a veces, y cuánto me reí el otro día viendo la escena final de "La Cruz de Hierro" y recordando aquel gran momento con mi Jefe. La figura del "trepa" totalmente ridiculizada en "La Cruz de Hierro". Tenéis esta escena final aquí, comienza en el minuto cinco, más o menos.
Menudo rollo he soltado, pero me he quedado a gusto. Ale!

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