"Auria, mi ciudad natal fundada hacía dos mil años como una necesidad del Imperio Romano y habitada y enriquecida luego, como punto termal, por funcionarios y señores coloniales, pasaba hogaño por ser un pueblo enteramente sometido a la Iglesia, por un "pueblo levítico", como decían los progresistas locales, sin saber cabalmente lo que decían, como suele ocurrirles casi siempre a los progresistas que adoptan las grandes palabras no en vista de su significado sino de una aproximación vagamente sonora al objeto que quieren declarar. Pero no era verdad. Auria, al menos en el mayor número de sus gentes, no era "levítica", ni "nea", ni "ultramontana", ni nada que cupiese cabalmente en los tonantes epítetos del liberalismo.
La catedral figuraba como la más hermosa anécdota de su pasado -junto con el puente de Trajano-, como un bello anacronismo enfáticamente ignorado más allá del orgullo que causaba en los aurienses su presencia corpórea, material; aunque, en verdad, el más calladamente admirado por el pueblo y el más incansablemente interrogado por lo eruditos, en cuyo ilustre grupo se mezclaban los de condición reaccionaria y los de proveniencia liberal y atea.
Pero Auria no era un pueblo religioso, al menos en el sentido en el que el inocente jacobinismo indígena, lo denominaba cubil del fanatismo, y la catedral, en el verso de un poeta excomulgado, monstruo hidrópico, obedeciendo también a razones de inextricable sentido. No, las cosas eran allí mucho más modestas y vulgares.
Sin embargo, las gentes rezadoras y principales tenían gran poder y mostrábanse duras de entraña, secas de mollera y de famosa intolerancia. Y como, por poseer el dinero, eran las que regían la política y la influencia, Auria daba de sí unos diputados a Cortes que, además de ser una verdadera miseria mental y moral, alteraban, ante los extraños, la imagen de la ciudad (se ve que Ourense, desde siempre, ha exportado Baltares por el mundo adelante). Pero Auria no era nada de eso, nada cubil, empezando ya por su ser en naturaleza y paisaje. Tendíase en la caída de un alto castro barbado de pinos, a lo largo de un río lento, ancho, patriarcal, que corría por entre viñedos buscando los valles del Ribeiro con su alegría frutal y su pachorra dionisíaca. Una literata le había llamado, con trabajada frase decimonónica, "bacante tendida entre viñas"; y las alabanzas antiguas, las de los literatos clásicos, las de los poetas medievales y de los escritores más hacia nuestros días, se referían a ella con elogios para su condición de abundancia y gozo en la producción y en las cosas que halagan el sentido. Las leyendas de glotones y el recuento de célebres comerotas contaban por mucho en las tradiciones de la ciudad"
("la catedral y el niño"- Eduardo Blanco Amor. 1948)
"La catedral y el niño" fue la primera novela de Blanco Amor y en ella describe la ciudad de Ourense de principios del siglo pasado. La escribió en Buenos Aires, ciudad en la que vivió primero como emigrante y posteriormente como exiliado. La redacción es farragosa por momentos y el léxico rico y variado. Es el típico libro que hay que leer con un diccionario en la otra mano, pero para los que nacimos y crecimos en Ourense, para los que nos sentimos ourensanos, este libro es una gozada. No soy mucho de "A Esmorga", más allá de su "andaina" por las calles de Auria, su argumento es demasiado crudo para mi gusto. Con este libro he disfrutado más. Blanco Amor era un ourensano que amaba a Ourense, su ciudad natal (casi tanto como yo, y eso ya es mucho decir, jejeje), por eso la mayor parte de sus novelas están ambientadas en esa ciudad, a la que él, y como no podía ser de otra manera en un ourensanista de pro, llamaba AURIA.

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