lunes, 26 de julio de 2010

¿Por qué nos dejamos arrastrar?






Si se me permite la expresión: "Me jode bastante lo que ha pasado este sábado en la Sexparade"

No soy un asocial. Vivo perfectamente integrado dentro del sistema manteniendo una postura crítica contra todo lo que no me gusta. Soy consciente de que para desarrollar mi vida necesito a la gente: necesito un médico cuando estoy enfermo, necesito buenos amigos, familiares o una pareja cuando demando atenciones y cariño, necesito al técnico de la lavadora cuando se estropea, al monitor de gimnasio cuando quiero cambiar la rutina de entrenamiento, al camarero para que me ponga una cerveza con gaseosa cuando estoy en una terraza, al funcionario para "arreglar" papeleo, al conductor del autobus que me lleva a Ourense, al dependiente del comercio cuando quiero una camiseta y así, un larguísimo etcétera. Necesito a la gente, claro que sí, pero lo que no necesito es a "las masas".

Formo parte del sistema pero trato de alejarme, siempre y cuando las circunstancias me lo permiten, del rebaño. Diez millones de personas pueden estar equivocadas, no hace falta más que fijarse en los muchos ejemplos que nos proporciona el día a día: el bipartidismo de nuestra democracia, las listas musicales de éxitos, la lista de los libros más leídos, los programas de la tele con más audiencia, etc. Los rebaños son bastante moldeables. Yo no sé si es un defecto de nuestra condición de animales el seguir siempre los dictados de la manada, el buscar a "las masas", elegir las playas más saturadas de gente, los locales de moda más masificados, etc. El "a donde va Vicente va la gente", el dejarse arrastrar y todo eso, no va conmigo. La propia inercia del "dejarse arrastrar" por el rebaño suele finalizar con una patada en el culo y ahí te quedas tirado. Para el rebaño tan sólo eres un número más, algo insignificante perdido en una masa borreguil y uniforme. Una copia de una copia de una copia. Nada interesante. Aunque ya sería tema de otra actualización, es un error de bulto identificar individualismo con egoísmo. Lógicamente de lo que hablo en esta entrada es de la defensa del individualismo frente a "las masas".

Son muchos los motivos, además de la agarofobia, por los que huyo de las grandes aglomeraciones de gente. Incluso para divertirme siempre elijo sitios poco masificados. Necesito espacio para bailar, para acercarme con comodidad a la barra o simplemente, para no tener que esperar varios minutos cuando quiero acceder al baño. Nunca entenderé como una persona se lo puede pasar bien sufriendo todas esas incomodidades, a no ser que comparta la teoría de un ser repulsivo que conocí hace bastantes años y al que le encantaba arrimar la cebolleta en lugares saturados de gente. El anormal en cuestión argumentaba aquello de: "cuanta más mása mejor se pasa y cuanto más prima, más se arrima".

Hace pocas semanas flipé al ver las fotos del Primavera Sound. Según comentaríos que he leído, se dieron cita algo más de cien mil personas. Me pregunto lo siguiente: ¿qué tiene de alternativo, independiente, friki o underground, un festival subvencionado por grandes multinacionales, o con dinero público, que reúne a miles de personas? La respuesta es fácil: absolutamente nada. Se trata simplemente de grandes negocios en los que actúan muchos de los grupos que nos gustan. Me encantaría que los organizadores dejasen de utilizar como reclamo las etiquetas "alternativo" o "independiente", ya que aunque algunos de los grupos que actúan sí pueden formar parte de esa escena, el concepto "macro" del festival y la mayoría del público no tienen nada que ver con ella. Conozco a un par de personas que se involucran en la organización de alguno de estos festivales y el dinero que obtienen de beneficio por la celebración de un festival ya les da para vivir sin dar un palo al agua el resto del año. También podía hablar de grupos que tienen cachés de 300 euros que los inflan hasta los 1000 euros cuando los llaman para actuar en uno de estos festivales. NO pasa nada, paga el Ayuntamiento.

Si este tema de los festivales se ha salido completamente de madre y no hay pueblo que no tenga uno, será porque son un negocio bastante rentable. Son la máxima expresión de la mercantilización de la música POP, de mi querida música POP. Y claro, cada uno es muy libre de divertirse como quiera, pero algunos no necesitamos que nos digan como tenemos que divertirnos. Conozco muchísimas alternativas para divertirme sin necesidad de seguir a la masa borreguil, de que me traten como a ganado. Muchas veces me jode perderme a los grupos que me gustan pero...ya no es sólo una cuestión de estar en contra de todo este negocio -inevitablemente toda la música que me gusta lo es- también influye el hecho de que no me siento cómodo ni seguro -ya parezco el anuncio de una compresa- rodeado de miles de personas. En las manadas existe siempre el riesgo de estampida y las medidas de seguridad en muchos de estos festivales son de chiste. La explicación económica es muy sencillita: Invertir en seguridad cuesta dinero. A más inversión en seguridad, menos ingresos obtienen los organizadores.

Tenía 30 años la última vez que asistí a un festival de miles de personas. Neil Young actuaba a unos sesenta kilómetros de Vigo y me dispuse a pasar tres días de acampada libre en un pueblo de Portugal sólo para ver su concierto. Pocos minutos después de pagar el módico precio de la entrada ¡sesenta euros!, me hicieron una marca en la muñeca. Se trataba de un impresión con tinta que llevaba el nombre del festival y un dibujito con unas llamitas, o una bola ocho. No recuerdo exactamente lo que era, pero se trataba de uno de esos símbolos estúpidos que se tatúan los rockeros estúpidos para parecer aún más estúpidos. Una vez marcado como el ganado, tuve acceso al recinto del festival. Las reses ya disponíamos de cierta libertad para movernos a nuestro antojo por aquella finca vallada. Neil Young actuaba el último día del festival. Antes de su actuación y durante tres días, tuve que aguantar a un sinfín de grupos soporiferos.

La primera noche me puse hasta el culo de alcohol y de drogas para estar en sintonía con las miles de las reses que había dentro de la finca. El colocón fue mundial y no pude dormir nada. El segundo día al salir de la tienda de campaña estaba sucio y empapado en sudor. Busqué unas duchas y unos baños para hacer mis necesidades. Tanto las duchas como los baños daban pena, así que poteé el alcohol de la borrachera del día anterior al ver tanta acumulación de mierda junta. Las condiciones higiénicas dejaban mucho que desear. Al comenzar los conciertos las reses nos movíamos en manada de un escenario a otro. Saltábamos apenas sin espacio, gritábamos y nos abrázabamos de emoción a otras reses al acabar las canciones. Poco nos importó que comenzase a llover a cántaros. Al fin y al cabo, a pesar de haber apoquinado una pasta gansa para entrar en aquel prado, estábamos sujetos a las inclemencias metereológicas, no había ningún lugar dentro del "lameiro" en el que guarecerse de la lluvia. Tras los conciertos me fui directo a la tienda de campaña, esa noche necesitaba dormir. Iluso de mí, en el camping había cientos de reses moviéndose desorientadas y haciendo ruido. Intenté hablar con alguna para matar el tiempo, pero la comunicación también resultó imposible. Algunas de las reses se encontraban en mal estado y deduje, por los movimientos desencajados de mandíbula de alguna res, que en esos momentos se encontraban "pastando". Los dejé rumiar tranquilos.

Llegó por fin el tercer y último día. La jornada se hizo larguísima y el calor era intenso. Neil Young cerraba los conciertos y me fuí acercando como buenamente pude hasta las primeras filas. El cansancio acumulado me situó al borde de la lipotimia y toda aquella masificación de personas no me ayudó mucho a despejarme. Aunque la seguridad del festival era prácticamente testimonial, nunca tuve sensación de miedo o de que me fuese a pasar algo. Me gustó el concierto, pero no pude disfrutarlo como sé que lo disfrutaría en otras condiciones.

Un día después del festival, ya en mi casa de Vigo, me sentí como un vegetal. Tenía varios moratones por el cuerpo y la cabeza no estaba en su sitio; con esto me refiero a que había un baile neuronal bastante considerable. Total, que me quedó la sensación de que había pagado 60 euros (más todo lo que gasté dentro del recinto) para asistir a un maratón de supervivencia. Desde aquel año no he vuelto a pisar otro festival, fiesta o concierto de esas características. Para divertirme necesito estar cómodo, necesito higiene, necesito garantías de seguridad, necesito espacio para moverme, necesito respirar, necesito una cama para descansar. Yo no pago para enriquecer a unos señores que me tratan como si fuese ganado.

He visto algunas fotos del Sexparade y no me he atrevido a subir ninguna al blog. Son escalofriantes. Me da mucha rabia que haya ocurrido esa tragedia. Por desgracia, no es la primera vez que ocurre una "estampida" en un sitio masificado y mucho me temo que no será la última.

He encontrado este texto en "El Mundo" digital. Estoy de acuerdo con él pero con matices. No comparto el tono elitista del discurso.

"Existe este gusto por el mogollón, por la magnitud cuantitativa de las cosas, ese insólito prestigio que tiene la democracia más allá de su innegable utilidad. Lo que sucedió en Alemania no es un accidente aislado sino una consecuencia de la triste propensión de nuestra era hacia el tumulto y la aglomeración. Es muy lamentable que todo el mundo se quiera sumar a la masa amorfa en lugar de cuestionarla, de ponerla en duda; y de apartarse de ella en cualquier caso, por principios.

Nada de esto es lo que ocurre, la pasión por añadirse a la turba es muy superior a la inteligencia de intentar definir el propio espacio y la propia convicción. Mientras acudamos en tropel a la llamada más básica, habrá tragedia. En Alemania o en Castelldefels. En las manifestaciones y en los estadios. No sé en qué mente simple y muy llana cabe el placer de confundirse con la masa en lugar de poner en valor la propia singularidad.

Como siempre, aunque el desastre haya sido físico, la causa es moral. Esta ceguera con que padres e instituciones fomentan la aglomeración y azuzan a sus hijos y ciudadanos para que se sumen a ellas sin advertir ni comprender el evidente peligro que existe.

El mogollón es siempre truculento a pesar de que la democracia consagre las mayorías y las celebre de un modo un tanto absurdo. La masa es siempre amorfa. El futuro es oscuro cuando somos más de cien o de mil. La verdad nunca está allí donde la turba acude. La verdad es siempre una, pero nunca mayoritaria. La tragedia de Alemania y la tragedia de Castelldefels. Un túnel y las vías del tren. Mucha, mucha gente sin haber pensado en dónde estaba, ni poderlo imaginar. ¿Cuándo vamos a aprender?"


1 comentario:

  1. Muy buena reflexión:

    http://www.lavozdegalicia.es/opinion/2010/07/27/0003_8633781.htm

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