lunes, 19 de julio de 2010

I+D+i





Me gusta defender mis derechos laborales, de ahí que salte como un resorte cuando compruebo que alguien los ataca. Es cierto que no tengo motivos para quejarme, hemos llegado a una situación en la que lo importante es tener un trabajo, con independencia de cual sea. Da igual que te exploten, que te paguen una mierda o que hayas pasado media vida estudiando y preparándote para algo que quizás nunca llegues a alcanzar debido a las muchas trabas que incomprensiblemente establece el propio "formador". Y eso es algo que nunca entenderé. Se gastan dinero -cada vez menos por desgracia- en formación para luego dar la patada en el culo a base de recortes a la gente a la que han formado. ¿Por qué nunca hay dinero público para lo realmente importante y sí lo hay para cosas totalmente inútiles como fiestas, fútbol, obras absurdas, etc?

Cuando aprecias mucho a una persona, lo normal es interesarse y preocuparse por ella. Desear que todo le vaya bien y alegrarte de que en la vida consiga todo aquello por lo que lleva años esforzándose. Hace meses que espero una buena noticia "laboral" para una persona a la que aprecio. Deseándole lo mejor, a ella va dedicada esta viñeta que encontré aquí.

En otro orden de cosas, el sábado por la noche me apetecía salir, así que llamé a uno de mis mejores amigos. No pudo ser. No estaba de humor. Tras 15 años de trabajo en su empresa el viernes le comunicaron el despido. La empresa está a punto de cerrar. Esa empresa era mi "as en la manga" hace diez años si me salía mal lo de las oposiciones. En más de una ocasión me planteé la posibilidad de pedir la excedencia como funcionario para trabajar en ella. Veía muchas ventajas: buena parte de mis compañeros de la Carrera serían de nuevo mis compañeros, la sede de la empresa está situada en Ourense, el sueldo duplica lo que gano actualmente y el trabajo consistiría básicamente en trasladar a la práctica los conocimientos adquiridos durante mis años formación universitaria. Era una opción que tenía ahí si algún día, hastiado de Santiago, quería regresar a Ourense. Ahora ya no puedo contar con ella. Una pena.

La conversación telefónica que mantuve con mi amigo me dejó algo triste. En cierta forma, me sentí un privilegiado y esa sensación de sentirme un privilegiado la detesto. No me gusta. Recordamos una conversación de hace dos meses en la que me quejaba de la próxima reducción de mi salario y eso me hizo sentir aún peor. Otra vez certifiqué la veracidad de la frase: "a la gente buena le pasa todo lo malo". Cierto es que nadie se merece atravesar por una situación de desempleo forzoso, pero de sucederle a alguien, al menos que no se trate de gente que yo conozca. Sentí mucha rabia. Mi amigo, que parecía que había salido a flote tras superar una dura separación con su ex-mujer y con una hija de por medio, se encuentra ahora solo y hundido a sus 42 años. A esa edad sabe que ya lo tendrá muy difícil para encontrar un trabajo con xeito. Ilusión y expectativas laborares, cero.

Ya soy de los pocos de mi promoción que puede presumir de tener un trabajo estable, al menos de momento. Aunque me temo que el año que viene tomarán medidas en esa dirección, tiempo al tiempo. La estabilidad laboral, ese bien tan escaso, es algo que tengo que aprender a apreciar de otra forma, pero eso no quita la impotencia que me produce ver a mis amigos -gente trabajadora y preparada- en el paro. En fin...¡yo soy español, español, español!...

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