jueves, 3 de diciembre de 2009

Recuerdos del futuro



Ayer fue uno de esos días que anticipaban el invierno, de frío y de lluvia, en los que la niebla y la oscuridad llenaban de dudas la mañana. Mientras caminaba sobre la hojarasca de una acera encharcada y el viento me desperezaba con irrespetuosa violencia de una noche de insomnio, tropecé con una bola de cristal.

Ante la sorpresa de tal hallazgo, decidí faltar al trabajo para regresar de nuevo a casa. Excitado, deposité la bola con cuidado sobre una mesa mientras la acariciaba con suavidad, con complacencia, con respeto...como se acaricia a la mujer a la que se ama. No me importaba conocer como sería mi vida dentro de unos años, -si es que tengo vida dentro unos años-, para saber si descansaría por fin en la ciudad en la que anhelo vivir, si le habría ido bien a la gente a la que quiero, si seguiría sólo o habría encontrado por fin a la persona ideal -que no al ideal de persona- con la que estaría dispuesto a rendirme sin condiciones primero, a entregarme desarmado después y a compartir gustoso mi vida ad infinitum...o si no me había hecho falta y ya la conocía de antes. Saber si el esfuerzo, el sacrificio, la lucha, el mantenerme firme sin adulterarme, sin renunciar a mis ideales, servirían finalmente para algo más que para seguir combinando grandes principios con tristes finales. Derrotas humillantes en batallas perdidas de guerras lacerantes.

Dejé de acariciar la bola, no me importaba tampoco desconocer como sería mi vida dentro de unos años, -si es que tengo vida dentro de unos años-, para no sufrir, para evitar la desilusión, para no tener que renunciar a mis sueños. "Una vida llena de sueños está vacía si no se cumplen", me había susurrado al oído, el día de mi Primera Comunión, aquel viejo excéntrico que vivía sólo en la casa contigua a la de mis abuelos y a quien todos en el pueblo tomaban por loco. Lo encontraron muerto en el monte, al lado de un lápiz y con unas cuartillas arrugadas entre las manos, llenas de poemas de amor. Se comentaba que había muerto de la enfermedad del alma.

Cogí la bola de cristal con el mismo celo con el que se abraza a un recién nacido y salí de casa. Era ya de día y de entre las nubes asomaba tímido un rayo de sol esperanza, había dejado de llover. Deposité la bola sobre una cesta de mimbre al pie de un pequeño riachulo que había formado la lluvia, le puse un nombre bíblico y esperé a que la arrastrase la corriente. Me fuí a trabajar caminando despacio, silbando, con las manos en los bolsillos. El viento cortaba mi respiración y se llevaba lejos los recuerdos del futuro, a cambio, el aire me traía el aroma a pan fresco de un horno cercano. Con la intención de que no condicionase mi presente, había perdido la posibilidad de conocer mi futuro. No me importaba. Inspiré profundamente hasta llenar de aire mis pulmones, miré al frente, y seguí avanzando con paso firme.

No hay comentarios:

Publicar un comentario