martes, 8 de diciembre de 2009

De la peste y otras plagas

















Si algún día tuviese que preparar un listado con mis diez libros favoritos, uno de los elegidos sería "La Peste" de Albert Camus. Los libros que me aportan algo más que un simple argumento entretenido, siempre me han hecho disfrutar. Soy poco dado a los "pasatiempos" y a la literatura vacía. Una vez finalizada la lectura de un libro, me gusta relegar a un segundo plano su hilo o hilos argumentales para, de este modo, tratar de encontrar las ideas que ha querido expresar su autor y posteriormente, desde mi propia forma de pensar -siempre he sido poco influenciable-,  analizarlas y estar o no de acuerdo con ellas. "La Peste" es uno de esos libros con los que coincido al cien por cien.

Selecciono estos párrafos del libro de Camus, son la descripción de una ciudad argelina y de sus habitantes a mediados del siglo pasado, antes de ser desvastada por "la peste", pero que coincide perfectamente con la descripción que se podría hacer de cualquier ciudad actual del "primer mundo" (siempre me ha hecho mucha gracia eso del "primer mundo", para todo hay que establecer clases y jerarquías...) y que ponen de relieve que los comportamientos básicos de la mayoría de la gente (por encima de religiones, culturas y leyes) son los mismos en cualquier época y en cualquier parte del mundo. Transcribo también un tercer párrafo que coincide con el último párrafo de "la peste" y que transmite esa idea tan "barojiana" de relacionar felicidad e inconsciencia.

"El modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere. En nuestra ciudad, por efecto del clima, todo ello se hace igual, con el mismo aire frenético y ausente. Es decir, que se aburre uno y se dedica a adquirir hábitos. Nuestros conciudadanos trabajan mucho, pero siempre para enriquecerse. Se interesan sobre todo por el comercio, y se ocupan principalmente, según propia expresión, de hacer negocios. Naturalmente, también les gustan las expansiones simples: las mujeres, el cine y los baños de mar. Pero, muy sensatamente, reservan los placeres para el sábado después del mediodía y el domingo, procurando los otros días de la semana hacer mucho dinero. Por las tardes, cuando dejan sus despachos, se reúnen a una hora fija en los cafés, se pasean por un determinado bulevar o se asoman al balcón. Los deseos de la gente joven son violentos y breves, mientras que los vicios de los mayores no exceden de las francachelas, los banqueros de camaradería y los círculos donde se juega fuerte al azar de las cartas.

Se dirá, sin duda, que nada de esto es particular de nuestra ciudad y que, en suma, todos nuestros contemporáneos son así. Sin duda, nada es más natural hoy día que ver a las gentes trabajar de la mañana a la noche y en seguida elegir, entre el café, el juego y la charla, el modo de perder el tiempo que les queda por vivir. Pero hay ciudades y países donde las gentes tienen, de cuando en cuando, la sospecha de que existe otra cosa. En general, eso no hace cambiar sus vidas, pero al menos han tenido la sospecha y eso es su ganancia. Orán, por el contrario, es en apariencia una ciudad sin ninguna sospecha, es decir, una ciudad enteramente moderna. Por lo tanto, no es necesario especificar la manera de amar que se estila. Los hombres y mujeres o bien se devoran rápidamente en eso que se llama el acto del amor, o bien se crean el compromiso de una larga costumbre a dúo. Entre esos dos extremos no hay término medio. Eso tampoco es original. En Orán, como en otras partes, por falta de tiempo y de reflexión, se ve uno obligado a amar sin darse cuenta."

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"Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, qu espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa."


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