Tras disfrutar de un largo periodo de vacaciones en Onán, su misatrompía había tocado fondo. Encerrado en su habitación, deseaba un cuerpo invisible. Se había propuesto evitar todo contacto con los vecinos, los veía tan groseros e impertinentes, ¡arrrgggh!. La falta de refinamiento, los modales bruscos, y en general la vulgaridad de la plebe, lo desquiciaban hasta el extremo de provocar en él ataques de pánico, una enorme náusea. A sus ojos, la plebe no era más que un gran conjunto indefinido de bichos deformes dispuestos a perturbar su paz interior, sus largas horas de meditación.
Notó que había salido el sol por el calor que desprendían las persianas. Aquella mañana de domingo se sorprendió hablando para sí mismo, cantando para sí mismo, escribiendo para sí mismo, vistiendo elegantemente para sí mismo, haciendo el amor para sí mismo... Se sintió feliz y decidió darse otro baño más, disfrutaba con el tacto de la espuma jabonosa sobre su cuerpo desnudo, la vida sin horarios. En su obsesión por la asepsia, se bañaba doce veces al día, la mayoría de ellas lo hacía para sí mismo, ya que había planeado vivir encerrado en su casa mientras contase con los víveres suficientes. Comprobó con alivio que disponía de reservas para tres semanas más. Tres semanas en las que evitaría por completo el contacto con la plebe.
Un inoportuno resbalón lo inmovilizó en la bañera. Sintió un fuerte dolor. No se podía mover. Comprobó asustado que sangraba de forma abundante. Pidió auxilio, pero fue para sí mismo. Nadie podía oir sus gritos debido a la insonoración de las paredes de su casa. Las había revestido con un material especial para evitar cualquier ruido procedente del mundo exterior, pretendía de este modo preservar su paz interior mediante la abstracción absoluta de las banalidades del populacho. Siguió gritando para sí mismo durante unos minutos más. Se quedó afónico. Ya débil por el intenso dolor que le había provocado la caída, exhausto por los continuos y estériles movimientos empleados para erguirse, aún tuvo tiempo de maldecir, también para sí mismo y con las pocas fuerzas que le quedaban, el hecho de llamarse PERFECTO.
Un inoportuno resbalón lo inmovilizó en la bañera. Sintió un fuerte dolor. No se podía mover. Comprobó asustado que sangraba de forma abundante. Pidió auxilio, pero fue para sí mismo. Nadie podía oir sus gritos debido a la insonoración de las paredes de su casa. Las había revestido con un material especial para evitar cualquier ruido procedente del mundo exterior, pretendía de este modo preservar su paz interior mediante la abstracción absoluta de las banalidades del populacho. Siguió gritando para sí mismo durante unos minutos más. Se quedó afónico. Ya débil por el intenso dolor que le había provocado la caída, exhausto por los continuos y estériles movimientos empleados para erguirse, aún tuvo tiempo de maldecir, también para sí mismo y con las pocas fuerzas que le quedaban, el hecho de llamarse PERFECTO.
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