
Me encantaría tener una máquina de viajar en el tiempo para perderme por las calles de Ourense de principios del siglo pasado. Pero mucho me temo que jamás existirán esas máquinas, con lo cual, no me queda más opción que recurrir a la poderosa máquina de la imaginación, y también a las "fotos de época", para disfrutar de una apacible jornada de domingo por la Auria en blanco y negro.
Es domingo, se acerca la hora del vermú, y busco en el armario un sombrero y mi traje más elegante. Aunque el día ha amanecido soleado y la temperatura acaricia con suavidad las calles de mi ciudad, es todavía febrero y no hay que confiarse, así que elijo, de entre tres gabardinas, la que va más a juego con mi traje negro. Es ya casi mediodía, me miro por última vez en el espejo y salgo a la calle, a ver si este domingo consigo por fin hacer algo de provecho para abandonar mi soltería, que ya son años.
Me dirijo hacia la Avenida de Pontevedra (en la foto), la calle en la que discurre buena parte de la vida social de los ourensanos. Compro el periódico en un quiosco cercano y busco una silla libre en las concurridas terrazas del Café La Iberia, que junto al Victoria, el Unión y el Regio, son las cuatro Cafeterías que llenan de vida la calle. Vermú, tabaco de picadura, los sonidos de la actuación de la Banda de Música que llegan desde la parte inferior de los Jardines de la Alameda, y la belleza natural de las mujeres ourensanas, las más guapas, como dicen además y con buen criterio, en la letra de una conocida canción popular. Saboreo con calma la tranquilidad del domingo.
Es la hora de comer y me encuentro tan a gusto, que no me apetece regresar hasta mi casa en Canedo. Decido darme un atracón de pulpo, pan de Cea y vino tinto del Ribeiro en uno de los bodegones de la Calle Ervedelo, para hacer luego la digestión con un buen paseo por las Calles del Progreso, la Travesía de Paz Nóvoa (actual Calle del Paseo), y Santo Domingo, hasta que llegada la media tarde, tenga que decidirme por alguna de las actuaciones de los cafés-cantantes.
A la altura del Gran Hotel Roma me encuentro con varios conocidos que me convencen para jugar a las cartas en el Café La Bilbaína, también para participar después en una tertulia en los salones del Liceo. Acepto la invitación, ya que me parece una buena forma de vencer a las pesadas horas de la sobremesa. En el Liceo nos informan de que en la Cafeteria "El Regio" actua la cupletista Emilia Bracamonte. Nos acercamos hasta la Cafetería, que está situada a pocos metros del Liceo, en la Avenida de Pontevedra. Ha caído ya la noche y el local ha completado su aforo, tanto de clientes como de humo; no me queda más remedio que ver la actuación apoyado en la barra. Son ya casi las nueve de la noche y mis compañeros de sobremesa deciden acercarse hasta "el Lisardo" en el Puente, para acudir a otra actuación un poco más picante.
Aprovecho que mi casa queda cerca, para, con la excusa de un fingido y fuerte dolor de estómago, despedirme de mis amigos solterones y dar por concluida la jornada dominical. Desde mi casa de Canedo distingo de entre la tintineante y tenue iluminación nocturna de la ciudad, el cimborrio de piedra de la Catedral, también en primer plano el Puente Romano cortando las aguas del Miño. Abro las ventanas para que llegue hasta mí el olor a hierba procedente de las fincas vecinas que, en este último día de febrero, parece anunciar ya la llegada de la primavera. Desvelado y tras haber disfrutado como un ourensano más por las calles y cafeterías del Ourense de hace ochenta años, me introduzco de nuevo en la máquina del tiempo.
Aprovecho que mi casa queda cerca, para, con la excusa de un fingido y fuerte dolor de estómago, despedirme de mis amigos solterones y dar por concluida la jornada dominical. Desde mi casa de Canedo distingo de entre la tintineante y tenue iluminación nocturna de la ciudad, el cimborrio de piedra de la Catedral, también en primer plano el Puente Romano cortando las aguas del Miño. Abro las ventanas para que llegue hasta mí el olor a hierba procedente de las fincas vecinas que, en este último día de febrero, parece anunciar ya la llegada de la primavera. Desvelado y tras haber disfrutado como un ourensano más por las calles y cafeterías del Ourense de hace ochenta años, me introduzco de nuevo en la máquina del tiempo.
* la foto la he escaneado del libro "El Ourense perdurable" de Anselmo López Morais.
Queremos sabe-lo que pasou no Lisardo.
ResponderEliminarjajaja, non chi sei, que nunca entrei nese sitio. ¿Anímaste a vir comigo o próximo domingo? malo será que non haxa sitio para botar uns bailes.
ResponderEliminarAi logo, se hai mozas de bo ver e que se deixen abofé que vou
ResponderEliminarSi ho!, mozas de bo ver hainas, agora que se deixen xa é outra cousa
ResponderEliminarDaquela xa falo eu co "Bocas" e co "Milhomes" e imorlle o domingo. Xa lle saco brillo a miña "cacharra do tempo" pra que luza na porta.
¡Ai Sálvora, ai San Viceeeente!
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