miércoles, 26 de mayo de 2010

El bueno, el feo, y el malo



Ayer por la noche he modificado un texto que escribí hace un par de meses y que recupero por ser de actualidad:

"El bueno", "el feo" y "el malo", son los alias de tres ejecutivos que prestan sus servicios para la solvente empresa Gajes del Orificio S.A., dedicada a la realización de pozos de barrena. El éxito de diez años como empresa lider en el sector, radica, en buena medida, en la explotación laboral de sus empleados. Estos se ven sometidos a una férrea disciplina y a un enfermizo control horario para mayor gloria de la cadena de producción. "El malo" aspira a escalar posiciones dentro de la jerarquía de la empresa; hace meses que lucha por un ascenso y sabe que para conseguirlo ha necesitado, y necesita, aprovechar en beneficio propio el trabajo de sus dos compañeros, aunque estos no lo sospechen. "El bueno" es viudo desde hace dos años y en casa tiene tres hijos a los que alimentar todos los días. "El feo" atraviesa un delicado momento personal motivado por el final de una larga relación de pareja. Ser feo, y además con cornamenta de reno, era demasiada carga para su orgullo.

Ocho de la tarde, agotados tras diez horas de intenso trabajo, "el bueno", "el feo" y "el malo", se dirigen a la máquina de control horario para registrar la salida, última obligación necesaria para echar el telón a una extenuante jornada laboral. Pero la máquina no funciona.

Ante esta situación, "El feo" reacciona a voces criticando a la empresa por el mal funcionamiento de la máquina. "El Bueno" escucha, intenta tranquilizar a su compañero, y piensa en una posible solución. "El malo" aprovecha un descuido para escabullirse y salir corriendo hacia otra máquina de control horario que sólo conocen los jefes. Por supuesto, "el malo" no comenta nada a sus dos compañeros acerca de la existencia de esta máquina.

"El feo" pierde los nervios y arrecian sus gritos críticos contra la empresa, que ahora ya no se limitan a un mal funcionamiento de la máquina, tan grande es la tensión acumulada por "el feo" en estos últimos días. "El bueno" se percata de la ausencia del "malo". "El malo" ya ha fichado, y sonriente, se dirige a su casa en un flamante Audi A3. Al "bueno" se le ocurre la idea de comentar la incidencia directamente a sus jefes, le pide al "feo" que espere.

"El feo", ante la tardanza de "el bueno", pierde definitivamente los papeles y la emprende a golpes con la máquina. Decide salir de la empresa sin fichar. Mientras tanto, al "bueno" le prometen el arreglo inmediato de la máquina y le convalidan su hora de salida a través de la firma en una hoja habilitada para la ocasión. Al llegar a la máquina de control horario, ya no encuentra al "feo".

Ocho de la mañana de un nuevo día. Diez horas de duro trabajo por delante. Vidas que se diluyen entre muros grises de cemento, entre tubos y más tubos de luces que asesinan la luz natural. Migraña, rutina, más migraña, más rutina, asfixia, condena, condenados, esclavos todos. "El bueno" arrastra sus pies hacia la puerta de entrada de la fábrica. La máquina de control horario sigue sin funcionar. "El bueno" está solo en la oficina. Los deseos de decirle al "malo" cuatro palabras fuertes acerca de su mal compañerismo lo mantuvieron desvelado toda la noche. No tendría ocasión de hacerlo. A las seis de la madrugada una llamada de teléfono había despertado de su plácido sueño al "malo", en ella le comunicaban un importante ascenso en la empresa. "El malo" lloraba de felicidad, llevaba años buscándolo. "El feo" tampoco había acudido al trabajo. Los gritos, las críticas a los jefes y los golpes a la máquina, habían quedado registradas en las cámaras de seguridad de la empresa. A las seis de la madrugada una llamada de teléfono había despertado de una asfixiante pesadilla al "feo", en ella le comunicaban la suspensión cautelar de empleo y sueldo, así como la apertura de un expediente disciplinario por la comisión de una falta muy grave. "El feo" lloraba amargamente. Además de ser feo y de poseer unos retorcidos cuernos de reno, se había quedado sin trabajo.

El "bueno" sintió mucha rabia cuando se enteró de estas dos noticias. Una vez más, como tantas, maldijo vivir en un mundo tan injusto. Pensó en su antiguo compañero "el malo" y en la cantidad de veces que le había ayudado en su trabajo. Recordó aquella ocasión en la que se había autoinculpado para evitarle un problema con los jefes. Se acordó también de su compañero "el feo" y de todas las tensiones que había sufrido en los últimos días. Compartía con él todas las críticas a la empresa, y dentro de su humano sentido de la ética, supo entender y disculpar el momento de ira de "el feo" del día anterior.

La máquina de control horario seguía sin funcionar, no era eso lo que le habían prometido al "bueno". Miró a su alrededor, en realidad todo seguía sin funcionar, las instalaciones eran viejas, los baños estaban sucios, la fotocopiadora atascada desde hacía semanas...todo cuanto tenía que ver con el bienestar de los trabajadores llevaba años sin funcionar en aquella empresa que alardeaba de ser lider dentro del sector. "El Bueno" explotó. Ofuscado por la rabia avanzó hacia los despachos de sus jefes. En esta ocasión sí estaba dispuesto a escupirles a la cara, una tras otra, todas las penalidades que había soportado en sus 23 años de esclavitud laboral. A mitad de camino se detuvo, pensó en sus tres hijos, en esas tres bocas que había que alimentar todos los días. Reculó. Regresó de nuevo a su celda laboral. Derrotado. Solo.

El vigilante de seguridad conocía bien al "bueno", al "feo" y al "malo". Llevaba años espiando todos sus movimientos a través de las distintas cámaras de vigilancia de la empresa. Por eso, no se sorprendió ante lo sucedido en estos dos últimos días. Ennio M., que así era como se llamaba el vigilante, era otro explotado más dentro del engranaje de explotación de la empresa. Diez horas diarias encerrado en un habitáculo oscuro de poco más de cinco metros cuadrados, y así, durante dos lustros, sin más compañía que la de un circuito cerrado de televisión. A Ennio M. le gustaba escribir. En sus largas horas de soledad laboral, se entretenía redactando un libro en el que reflejaba los distintos avatares laborales de "el bueno", "el feo" y "el malo". Los días eran tan rutinarios en la fábrica, que contagiaban a la narración de un ritmo lento, de un cansino ritmo de Spaguetti Western. Ennio buscó un lugar en el libro en el que plasmar sus reflexiones. Silbó su última canción:

En todas las empresas hay personas como "el malo", camaleónicas, aparentemente buenos compañeros, pero que no dudan en asesinar por la espalda a la mínima ocasión si de esta forma consiguen sus objetivos. El fin les justifica los medios. El problema no es exclusivo de "el malo", también es compartido por las personas confiadas que no se toman su tiempo en conocer a la gente que les rodea. Ennio M. sabía que "el feo" tenía razón en todas sus quejas hacia la empresa, pero las quejas no sirven para nada si sólo se comentan a la personas que se encuentran en la misma situación, o si se pierden la formas; en definitiva, si esas quejas nunca llegan al conocimiento de las personas con potestades para mejorar la situación o no llegan a través de las formas y cauces adecuados. La potencia sin control no sirve para nada. En cuanto al "bueno", -que representa fidelignamente el papel del típico "pringao"-, Ennio no pudo más que aplaudir su intención de comentar los problemas a las únicas personas que podían resolverlos. Directamente, sin intermediarios. En muchas ocasiones, las personas responsables de los problemas son las únicas que tienen las soluciones, y es bueno exigírselas.

Es ya media mañana, la cadena de producción trabaja a pleno rendimiento. "El malo" disfruta en el cielo: felicidad a todo lujo en un moderno despacho. "el feo" sufre su particular infierno: lágrimas de sal gruesa sobre una vieja almohada; y "el bueno"; "el bueno" sin ya tiempo para pensar asfixiado entre tanto papel, purifica sus penas en el purgatorio. A pocos metros de allí, en la cabina de control, Ennio M. silba la canción de un conocido western.


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