
Algo más relajado que estos días atrás -por fin estoy finalizando los cursos de deformación profesional que estoy haciendo y ya prácticamente he acabado con la publicidad del concierto del día 14- he recuperado uno de los textos que escribí para el segundo fotolog que tuve y que afortunadamente conseguí salvar de la quema y no sé como, porque he perdido muchísimos relatos en esos actos impulsivos de mandar a tomar viento fresco al fotolog por historias y malos momentos que no me apetece NADA recordar.
Éste texto me salió en una puesta de sol en Santiago -sí, no llovía, cousa rara- mientras escuchaba una canción de los Gigolo Aunts titulada "Pacific Ocean Blues" y lo escribí para mi segundo fotolog -exfestasrachadas:
http://www.goear.com/listen/dd88140/pacific-ocean-blues-gigolo-aunts
"Hoy me apetece una actualización musical, pero no la haré sobre un disco, sino sobre una canción, porque hay canciones que consiguen que mi imaginación vuele y que por sus ondas fluyan libremente mis sentimientos, mis recuerdos. Hoy me apetece sacar una foto interior, fotografiarme por dentro con el propósito de lograr que mi estado de ánimo figure en primer plano -sin reflejos, sin ojos rojos, sin sobreexposiciones- para guardarla a continuación y con mucho celo, en el álbum de fotos de mi vida. Pocos instantes existen tan placenteros, y al mismo tiempo tan agrios, como rescatar del olvido los viejos álbumes de fotos. A mí me encanta desempolvarlos en las sobremesas dominicales del otoño, con el sonido de la lluvia sobre las ventanas, el olor a café y la música de un piano como únicos invitados; y también con el dolor de la omnipresente nostalgia, que siempre aparece sin ser invitada ¡maldita!, para humedecerme los ojos y al mismo tiempo, para hacerme gritar con orgullo, aunque sin ser oído: “¡así era yo hace unos años!”; eco de mi voz que retumba hasta morir asfixiado entre las paredes de una habitación a oscuras, habitación a oscuras...aoscuras...uras...as. Eco, eco, eco...
Durante los años que viví en Vigo, tuve la grandísima suerte de hacerlo en un piso con vistas a la Ría, recuerdo que al llegar el atardecer me encantaba escuchar, una vez tras otra, esta canción de los Gigolo Aunts: "Pacific Ocean Blues”. Me gustaba tumbarme sobre el sofá, contemplar la hermosa puesta de sol, el sol rojizo de finales de verano que a esas horas del día era devorado por las aguas del mar, y dar recreo a mis pensamientos para que jugasen libres sobre la inmensidad del océano, a lomos de espumosas olas, guiados por hermosas sirenas de ondulada cabellera morena. Eran esos momentos del día en los que los problemas parecían desaparecer, se volvían tan insignificantes, absurdos y poco creíbles, que se asemejaban a promesa electoral escupida frente a una chabola. En los instantes fantásticos de “la hora bruja”, esos eran todos los efectos devastadores que ocasionaban en mí los problemas.
Una vez llegada la noche y ya finalizada la incruenta batalla librada minutos antes entre el sol y el mar, cerraba los ojos, me dejaba envolver por la magia y el ritmo tranquilo de "Pacific Ocean Blues", que entraba en mi corazón como un susurro, mientras recordaba a tantos y tantos amigos/as "caídos en combate" ¿qué sería de ellos?, ¿dónde estarán ahora?, me los imaginaba viviendo estresados bajo el peso de una hipoteca, empujando un carrito de bebé o simplemente soportando el yugo de ese contrato llamado matrimonio; entonces me sentía menos esclavo que ellos, bendecía una y otra vez no haber madurado lo suficiente y dentro de mi soledad me sentía feliz...que efímeros son algunos pensamientos que duran lo que dura una canción de 2:23 segundos.
Cinco años más tarde, en un nuevo atarceder con sabor a derrota, he recuperado esa misma canción, la he puesto en mi piso de Santiago con el objeto de sentir otra vez los efectos balsámicos de la magia del ocaso, pero mis sentimientos y emociones ya no fueron los mismos, mi vista se esforzaba en vano por alcanzar una puesta de sol que se ocultaba entre moles de hormigón armado, y aquel horizonte tan radiante, lleno de pinceladas azules y de olor a salitre, del que había sido afortunado testigo en Vigo tiempo atrás, se había transformado en unos edificios de horrible color caqui destinados a viviendas sociales. Me afané por buscar poesía en aquel lugar, en aquel instante del atardecer, pero mi esfuerzo resultó inútil, ¿qué bella poesía puede existir en la pobreza?, ¿qué bella poesía puede existir en un barrio de pobres?. Resignado, cerré los ojos, y entonces... entonces volvió a ocurrir la magia, y dentro de mi soledad me sentí feliz de nuevo. En otro barrio, en otra ciudad, cinco años más viejo, había sido capaz de emocionarme con la misma canción, capaz de soñar con puestas de sol ficticias, con las batallas incruentas que libraban el sol y el mar al llegar el ocaso, como dos extraordinarios actores que reprentaban de forma fideligna su papel de guerreros enfrentados en un extraño ritual atávico que nunca tendrá fin; con barquitos de vela proyectando su sombra sobre el sol mientras aguantan firmes las embestidas de las olas, quién sabe si guiados tal vez por hermosas sirenas.... felicidad, ¿qué es felicidad?, a veces es suficiente una canción de 2:23 segundos para conseguirla, soy así de simple...y al mismo tiempo, así de frágil."
Alguna vez que otra me he sentido así y la añoranza me ha asaltado sin avisar,añoranza de amigos, paisajes y momentos vividos, que parecen muy lejanos aunque realmente no lo sean tanto; puede ser que ese extraño sentimiento o estado de ánimo sea el culpable del por que se saborean tanto las canciones, el mar, la soledad, la inspiracion o el amor, yo creo que si.
ResponderEliminarUn abrazo Rafa.