
Hacía poco más de un mes que Santiago Llama Azares había despertado de su coma de cuarto grado. El colchón de un hospital había sido, durante 29 años, el único soporte para el liviano peso de un cuerpo inerte. Estudiaba tercer curso de Políticas cuando en aquel fatídico 23 de febrero de 1981, contempló asombrado por televisión las imágenes de unos guardias civiles tomando por las armas el Congreso de los Diputados. Santiago estaba afiliado al Partido Comunista, algunos de sus familiares habían sufrido torturas y vejaciones en las cárceles franquistas por defender ideales políticos de izquierdas. El recuerdo de aquellos sufrimientos de su familia, el miedo a otro régimen militar, y el amor por la libertad, lo condujeron con firmeza hasta las puertas del Congreso. Poco recuerda de aquel día, tan sólo la imagen difusa de cuatro sombras verdes con triconio propinándole patadas y puñetazos, y el fuerte golpe de la culata de una escopeta sobre su cabeza. Y desde aquel instante, todo se volvió oscuro, todo en silencio, durante 29 años...
Todavía no se explican en el hospital como Santiago, después de tantos años sumido en un coma profundo, recuperó el conocimiento. Posiblemente, el caso de Santiago pudiera ser uno de esos milagros que ocurren muy de tarde en tarde. Lo cierto es que aquella mañana de Año Nuevo si que pudo sentir el beso de su madre sobre la frente. Con miedo abrió los ojos, y allí estaba ella, aunque en realidad ella había estado allí todos los días durante 29 años, pero ahora podía verla por fin. Una lágrima resbaló por su cara, y luego le siguió otra, y otra más...su madre era ya casi una anciana y a Santiago le causó sorpresa su vestido completamente negro, al estilo del que utilizaban las señoras mayores que guardaban luto. No quiso hacer “la pregunta” por miedo a la respuesta, los dos se fundieron en un abrazo.
Santiago tenía ya 49 años, aunque su vida se detuvo a los 20. El mes de enero no había sido nada fácil para él, demasiados cambios a los que hacer frente. Los primeros días se interesó por sus familiares, amigos y por Esperanza, su novia. Con tristeza, su madre tuvo que revivir el fatal accidente de tráfico en el que un conductor ebrio se llevó por delante la vida de su marido y de su otro hijo; explicarle que no sabía nada de sus amigos desde hacía ya bastantes años, y comentarle que su novia, - y llegado a este punto de la conversación no pudo evitar una sonrisa-, era a día de hoy uno de los pesos pesados de un partido de derechas y ocupaba un cargo muy importante en el Gobierno de la Comunidad Autónoma de Madrid. A Santiago, lo de las comunidades autónomas le sonaba todavía a chino, pero se alegró por el éxito de Espe, y recordó sonriente aquellas discusiones políticas, -al ser ella una niña pija de familia bien y de derechas y él un barbudo vestido de pana y militante de un partido de izquierdas-, que mantenían de vez en cuando y que añadían una salsa más, a lo que era una hermosa relación de pareja. La tristeza, la decepción, llegarían tan sólo unos pocos días más tarde, cuando Santiago comprobó la clase de persona en la que se había convertido aquella mujer a la que tanto había amado.
Desde la solariega ventana de su habitación, ya no se veían Seiscientos ni Fiats, ni Sincas, ni aquellos modelos de la marca Seat que tanto le gustaban. Se sobresaltaba con la melodía del teléfono móvil de su madre, se había enganchado a internet, y disfrutaba viendo películas en una televisión que ahora era un electrodoméstico completamente plano que colgaba de la pared como si se tratase de un cuadro. No se podìa creer que la tecnología hubiese avanzado tanto en poco más de un cuarto de siglo, le parecía sorprendente y estaba ensimismado con todo "cachibache" que el progreso le ponía delante de los ojos.
Santiago, salvo en esos años de parón vital obligatorio, siempre había sido una persona activa. Lo seguía siendo, por eso sentía la necesidad de ponerse al día cuanto antes para regresar a todos aquellos proyectos que 29 años atrás había abandonado a la fuerza. Había decidido retomar sus estudios de Política.
Sentado frente al televisor, su madre le ponía al corriente de los principales cambios sociales y políticos acaecidos durante su ausencia y que a él tanto le interesaban: la caída de los regímenes dictatoriales comunistas, los grandes atentados, las guerras...cuando le estaba explicando que el desarrollo de la Ciencia y la Tecnología no había sido parejo al de los valores éticos y a los principios de justicia, libertad e igualdad, si no que más bien, el desarrollo de la Humanidad se había producido de forma inversamente proporcional al de la Ciencia, Santiago la interrumpió para preguntarle por aquel señor trajeado de bigote que en los pasillos de una Universidad mostraba
su dedo enhiesto a unos estudiantes que le increpaban. Le costó creer que se tratase de una persona que había sido Presidente de España durante ocho años. Afortunadamente, presidentes como el de Venezuela, Italia o Rusia, no habían sido noticia todavía en aquellos primeros días de "vida" de Santiago, el shock emocional sería demasiado grande para una persona como él, un idealista, un defensor de los principios democráticos y de los valores de la izquierda; aunque sí que le sorprendió gratamente el hecho de que un hombre negro presidiera los Estados Unidos de América. Pero de todas formas, seguía sin olvidar aquel gesto que había visto en un ex presidente del gobierno.
Aficionado al baloncesto, a la par que gran defensor de la República, no pudo evitar una sonrisa ante los silbidos recibidos por el Rey en la final de la Copa de Basket. Que viejo está Don Juan Carlos, pensó para sí. Como su equipo de “toda la vida”, el Estudiantes ya había sido eliminado en una ronda previa, decidió animar al Barsa en aquella final contra el Real Madrid, pero de nuevo sintió ante el televisor, la misma vergüenza ajena que había sentido con el gesto del ex presidente. En uno de los descanso del partido,
una de las personas que participaba en un concurso de tiros libres, volvía a repetir aquel mismo gesto que en esta ocasión iba dirigido a todos los aficionados que llenaban el pabellón de deportes. Asqueado, apagó la televisión, no quiso seguir viendo la retransmisión del partido.
Se enteró de que también en la televisión púbica ofrecían una especie de eliminatoria para dirimir cuál sería el representante español en el festival de Eurovisión. Le sorprendió que 29 años después, todavía existiese aquel festival que tanto le gustaba y gracias al cual había nacido su apasionada afición por la música de ABBA. Santiago sintió gran interés por el programa y no quería perdérselo bajo ningún concepto; además, le parecía una buena excusa para ponerse al día en música pop española. Pero a mitad de programa, sintió de nuevo el deseo de apagar la tele, ya que las canciones le parecían patéticas, ridículas, bochornosas y de un gusto pésimo. Si la comida había sido mala y hacía presagiar una digestión lenta y pesada, los postres eurovisivos lo dejaron en estado de shock cuando un ser repelente y con un corte de pelo similar al de los fascistas de finales de los Setenta,
repetía de nuevo aquellos malos modales que había visto días atrás en televisión. Insultos, manos a los testículos, y todo esto ocurría en la televisión pública española y en horario de máxima audiencia. Le entraron deseos de arrojar la televisión por la ventana, pero no lo hizo por respeto hacia su madre. Entró en un foro de internet para comentar su repulsa por lo que había vivido unos minutos antes, pero para su asombro, comprobó que ese absurdo personajillo se había convertido en una especie de ídolo, en un héroe que contaba ya con varios clubs de fans en internet, para mayor gloria de su nombre, de su educación, y de su mierda de música.
Sintió una náusea. Pensó que tal vez, si ese gesto lo había hecho un ex presidente de un país en un acto público, quizás se tratase de una nueva moda en España, de una nueva costumbre extendida y aceptada socialmente por el pueblo, tan dado como había sido desde siempre este país a la repetición compulsiva y sistemática de comportamientos y hábitos procedentes de personas "ejemplarizantes". Pensó qué clase de país sería aquél que apoyaba y financiaba a personajes burdos y mediocres hasta convertirlos en personas populares cuyos comportamientos eran imitados por buena parte de los ciudadanos. Santiago recordó las palabras de aquel viejo profesor de su Facultad, que se referían a los peligros del neoliberalismo, del libertinaje, del “todo vale” por el dinero, de que una crisis ética puede ser tan preocupante, peligrosa y dañina como una crisis económica; del embrutecimiento del pueblo debido a los nuevos opios introducidos por el capitalismo salvaje; pero en aquellos primeros años de la democracia, las palabras del profesor le habían parecido a Santiago, pura ciencia ficción.
23 de febrero de 2010, en poco más de mes y medio de “vida”, Santiago se sentía decepcionado, dolorido, preocupado, avergonzado. Había visto ya demasiadas cosas y por más que lo intentaba, no conseguía hallarles una explicación racional: No entendía ni se sentía reflejado en las personas que dirigían el Partido Socialista Obrero Español, le causaba una gran decepción el hecho de que un partido de izquierdas gobernase su país de una forma tan nefasta y conformista, sin ideales ni soluciones, avocándolo hacia una más que previsible ruina (su madre le explicó que por desgracia, esto no era algo nuevo y que ya había ocurrido con su otrora admirado Felipe González); tampoco entendía la nula respuesta social ante la crisis y el elevado número de parados, ni tampoco supo entender porqué cuando llamó al sindicato al que se había afiliado antes de su accidente, Comisiones Obreras, para pedir explicaciones por todo este despropósito, le hubiesen colgado el teléfono de muy malos modos. No entendía porqué desde su país se mandaban tropas a otros países de Oriente Medio para participar en matanzas interminables, ni los escándalos de corrupción, ni el mal estado del sistema educativo, ni tantas otras cosas, pero ya cuando al llegar a la sección de deportes de El País, leyó que unos pobres diablos en la Isla de Madeira, que habían perdido a sus familiares y se habían quedado sin casa por culpa de los efectos de un ciclón, se sentían felices por el hecho de que un jugador de fútbol que cobraba 36 000 euros al día, les hubiese dedicado simplemente un gol y no alguno de esos euros, hizo trizas el periódico y se acordó de los sufrimientos de sus familiares represaliados por el franquismo y de que tal día como hoy, había salido a la calle para luchar por la libertad y por la democracia, y que por la defensa de esos valores en busca de una sociedad más justa, lo habían asesinado durante 29 años. La realidad distaba mucho de parecerse a todo aquello por lo que él, y muchos como él, habían luchado en los primeros años de la democracia.
Santiago se metió en cama, y empapado en lágrimas de rabia, apagó la luz de la lámpara de su mesilla de noche, con la intención de quedarse de nuevo a oscuras.